Resulta curioso que, en el mundo en el que vivimos, nadie duda en condenar el mínimo atisbo de corrupción cuando de un titular de prensa se trata, cuando de una persona de notoria importancia social se trata, o cuando de alguna persona con carácter aristócrata se trata. Distinto es, sin embargo, cuando el corrupto y el corruptor son personas anónimas, sin repercusión social, política o económica. Muchos de ustedes pensarán que esto no es posible, y hoy les digo: no es solo posible sino diario, y además el presupuesto de hecho que nos ha traído al camino actual.
Cuando los que educan, educan desde la corrupción
Responder
